Loading...
Facetas de la vida del Padre Claret 2017-10-01T10:45:09+00:00
➜ Colegio➜ Filosofía ClaretianaIdeario.  Patrono➜ Nuestro patrono. Facetas de la vida. Vida del padreBiografíaAutobiografía

Las primeras ideas de que tengo memoria son que cuando tenía unos cinco años, estando en la cama, en lugar de dormir, yo siempre he sido muy poco dormilón, pensaba en la eternidad, pensaba siempre, siempre, siempre…

A los diez años me dejaron comulgar. Yo no puedo explicar lo que por mí pasó en aquel día que tuve la imponderable dicha de recibir por primera vez en mi pecho a mi buen Jesús…

Por esos mismos años de mi infancia y juventud profesaba una devoción cordialísima a María Santísima.

¡Ojalá tuviera ahora la devoción que entonces!

Desde muy niño me dieron unas cuentas de rosario que agradecí muchísimo, como si fuera la adquisición del mayor tesoro, y con él rezaba con los demás niños de la escuela, pues al salir de las clases por la tarde todos formados en dos filas, íbamos a la iglesia, que estaba cerca de allí, y todos juntos rezábamos una parte del Rosario, que dirigía el maestro.

Como mi padre era fabricante de hilados y tejido, me puso en la fábrica a trabajar.

Yo obedecí sin decir una palabra, ni poner mala cara, ni manifestar disgusto. Me puse a trabajar y trabajaba cuanto podía, sin tener jamás un día de pereza, ni mala gana.

De cuantas cosas he estudiado y en cuantas me he aplicado durante la vida, ninguna he entendido tanto como la fabricación.

Dios me había dado tanta inteligencia en esto, que no tenía más que analizar la muestra cualquiera, que al instante trazaba el telar con todo su aparato.

En un principio algo me costaba, pero con la aplicación de día y noche y de día de trabajo y de día de fiesta, (en lo que era permitido, como estudiar, escribir y dibujar), salí aprovechado.

¡Ojalá que así me hubiese aplicado a la virtud, que otro sería de lo que soy!

Me dediqué al estudio de la gramática latina con toda la aplicación posible.

Todos los días en la mesa leíamos la vida del Santo; y además, con aprobación del Director, tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes, tomaba disciplina, y el martes, jueves y sábado me ponía el cilicio. Con estas prácticas de devoción me volvía a enfervorizar, sin aflojar en el estudio, al que me aplicaba cuanto podía, dirigiéndolo siempre con la más pura y recta intención que podía.

El Señor Obispo asistía a todos los actos de la mañana y de la tarde. Un día me acuerdo que decía en una plática: Quizá alguna dirá a qué viene ocupar tanto tiempo el Obispo con los estudiantes, y se contestaba: ¡Ah! Si yo puedo conseguir que los estudiante sean buenos, después serán buenos sacerdotes, buenos curas, y ¡qué descanso será para mí entonces!…

Cuando estudiaba en Vich el segundo año de Filosofía me sucedió lo siguiente: En invierno tuve un resfriado o catarro; me mandaron guardar cama; obedecí. Y un día de aquellos que me hallaba en cama, experimenté una tentación muy terrible. Acudía a María Santísima, invocaba al Ángel Santo de mi guarda.

Finalmente, se me presenta María Santísima, hermosísima y graciosísima; su vestido era carmesí; el manto, azul, y entre sus brazos vi una guirnalda muy grande de rosas hermosísimas. La Santísima (Virgen) me dirigió la palabra y me dijo: Antonio, esta corona será tuya si vences. Yo estaba tan preocupado que no acertaba a decirle ni una palabra. Y vi que la Santísima Virgen me ponía la corona de rosas que tenía en la mano derecha.

Desde que me pasaron los deseos de ser Cartujo, que Dios me había dado para arrancarme del mundo, pensé, no sólo en santificar mi alma, sino también discurría continuamente qué haría y cómo lo haría para salvar las almas de mi prójimo.

En muchas partes de la Santa Biblia sentía la voz del Señor que me llamaba para que saliera a predicar. En la oración me pasaba lo mismo. Así es que determiné dejar el curato e irme a Roma y presentarme a la Congregación para que me mandase a cualquier parte del mundo.

Os digo con franqueza que yo, al ver a los pecadores, no tengo reposo, no puedo aquietarme, no tengo consuelo, mi corazón se me va tras ellos, y para que vosotros entendáis algún tanto lo que me pasa, me valdré de esta semejanza. Si una madre muy tierna y cariñosa viera a un hijo suyo que se cae de una ventana muy alta o se cae en una hoguera, ¿no correría, no gritaría: hijo mío, hijo mío, mira que te caes? ¿No le cogería y le tiraría por detrás si le pudiera alcanzar? ¡Ay, hermanos míos! Debéis saber que más poderosa y valiente es la gracia que la naturaleza. Pues si una madre, por el amor natural que tiene a su hijo, corre, grita, y coge a su hijo y le tira y le aparta del precipicio: he aquí, pues, lo que hace en mí la gracia.

Las palabras del Evangelio: “¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?”, le habían impresionado profundamente. A los 27 años, el 13 de junio de 1835, el obispo de Solsona, Fray Juan José de Tejada, le confirió el Sacerdocio. Celebró su primera misa en Sallent con la alegría de su familia.

Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella.

No todos quieren o no pueden oír la palabra divina, pero todos pueden leer u oír leer un buen libro. No todos pueden ir a la Iglesia para oír la divina palabra, pero el libro irá a su casa. El predicador no siempre podrá estar predicando, pero el libro siempre está diciendo lo mismo.

Siempre la lectura de libros buenos se ha considerado una cosa de grande Utilidad. Son los libros la comida del alma, y a la manera que si al cuerpo hambriento le dan comida sana y provechosa le nutrirá.

En Villafranca se convirtieron cuatro reos que estaban en capilla, y con la lectura de la estampa que di a cada uno entraron en reflexión y se confesaron. Son muchos y muchísimos los que se han convertido por la lectura de una estampa. ¡Oh Dios mío! ¡Qué bueno sois! De todo sacáis partido para derramar vuestras misericordias sobre los pobres pecadores.

LA ACADEMIA DE SAN MIGUEL. Es una de sus obras más geniales en la que pretendía agrupar las fuerzas vivas de las artes plásticas, el periodismo y las organizaciones católicas; artistas, literatos y propagandistas de toda España. Su prestigio consiguió reunir en ella las figuras más representativas del campo católico español. En nueve años se difundieron gratuitamente numerosos libros, se prestaron otros muchos y se repartió un número incalculable de hojas sueltas. Y fundó las bibliotecas populares en Cuba y en España. Más de un centenar llegaron a funcionar en España en los últimos años de su vida. Merece el título de apóstol de la prensa.

A mediados de mayo de 1849 llegué a Barcelona y me retiré a Vich, y hablé con mis amigos los Señores Canónigos D. Soler y D. Passarell del pensamiento que tenía de formar una Congregación de Sacerdotes que fuesen y se llamasen Hijos del Inmaculado Corazón de María.

El Sr. Obispo dispuso el local correspondiente en el convento de la Merced, y yo entre tanto hablé con algunos Sacerdotes a quienes Dios nuestro Señor había dado el mismo espíritu del que yo me sentía animado. Estos eran: Esteban Sala, José Xifré, Domingo Fábregas, Manuel Vilaró, Jaime Clotet, Antonio Claret, yo, el ínfimo de todos; y, a la verdad, todos son más instruidos y más virtuosos que yo, y yo me tenía por muy feliz y dichoso al considerarme criado de todos ellos.

El día 16 de julio de 1849, hallándonos ya reunidos, con aprobación del Ilmo. Sr. Obispo y del Sr. Rector, empezamos en el Seminario los santos ejercicios espirituales nosotros solos con todo rigor y fervor, y como cabalmente en este día 16 es la fiesta de la Santa Cruz y de la Virgen del Carmen, por tema de la primera plática puse aquellas palabras del Salmo 22: Tu vara y tu cayado me infundirán aliento.

¡Oh Dios mío, bendito seáis por haberos dignado escoger a vuestros humildes siervos para Hijos del Inmaculado Corazón de vuestra Santísima Madre! ¡Oh Madre bendita, mil alabanzas os sean dadas por la fineza de vuestro Inmaculado Corazón y habernos tomado por Hijos vuestros! Haced, Madre mía, que correspondamos a tanta bondad, que cada día seamos más humildes, más fervorosos y más celosos de la salvación de las almas.

DIRECTOR DE FUNDADORES. En la floración de nuevos institutos religiosos del siglo XIX, fue decidido colaborador que acompañó a casi todos los fundadores y fundadoras de su tiempo. Con la Madre París había fundado en Cuba el año 1855 el Instituto de Religiosas de María Inmaculada, claretianas, para la educación de las niñas. Dirigió a Santa Micaela del Santísimo Sacramento, fundadora de las Adoratrices, a Santa Joaquina de Vedruna, fundadora de las Carmelitas de la Caridad. Se relacionó con Joaquím Masmitjà, fundador de las Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María, con Don Marcos y Dña. Gertrudis Castanyer, fundadores de las Filipenses, con María del Sagrado Corazón fundadora de las Siervas de Jesús, con Ana Mogas fundadora de las Franciscanas de la Divina Pastora, con Francisco Coll fundador de las Dominicas de la Anunciata, con la fundadora de las Esclavas del Corazón de María Madre Esperanza González, e influyó en la Compañía de Santa Teresa, y en las Religiosas de Cristo Rey. Y las “Religiosas en sus Casas, o Hijas del Inmaculado Corazón de María, actual Filiación Cordimariana.”

El día 6 de octubre de 1850, fue mi consagración, en la Catedral de Vich. Prediqué todos los días en diferentes iglesias y conventos, hasta el día 28 de diciembre, en que nos embarcamos en la fragata La Nueva Teresa Cubana. Yo celebré todos los días en la embarcación, y oían la Misa todos los de mi comitiva, y también todas las Hermanas desde su departamento.

Al llegar al Golfo de las Damas, yo empecé la misión en cubierta. Todos asistían, todos se confesaron y comulgaron en el día de la Comunión general, tanto viajeros como de la tripulación, desde el capitán hasta el último marinero. El día 16 de febrero de 1851 desembarcamos felizmente. Fuimos recibidos con todas las demostraciones de alegría y buena voluntad, y al día siguiente de la llegada hicimos la entrada solemne según los rituales de aquella capital.

A los quince días de nuestra llegada fuimos a visitar la Imagen de la Santísima Virgen de la Caridad en la ciudad del Cobre, que es tenida en mucha devoción por todos los habitantes de la Isla.

Durante los dos primeros años, no obstante los terremotos y el cólera, visitó todas las parroquias del Arzobispado, en todas se hizo misión. Su trabajo en Cuba fue de entrega, logrando: aumentar la dotación del clero tanto en la catedral como en las parroquias, conferencias en todas las poblaciones, reparó el Seminario Conciliar que tenía más de treinta años sin que se ordenara ningún seminarista, creó la Hermandad de la Doctrina Cristiana que se distribuyó en todas las iglesias, puso un convento de Monjas a quienes les compró una casa, compró una hacienda para los pobres, puso la Caja de Ahorros en la diócesis para el beneficio de los pobres, visitaba a los presos en las cárceles y a los pobres del hospital, en su palacio hospedaba a todos los sacerdotes forasteros que llegaban a la ciudad, entre tantas obras y misiones.

El día 1° de febrero de 1856, habiendo llegado a la Ciudad de Holguín, abrí la santa visita pastoral, y como era la víspera de la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María, les prediqué de este adorable misterio. Las cosas que yo dije y cómo las dije, yo no lo sé; pero decían que fui feliz como nunca. El sermón duró hora y media.

Yo bajé del púlpito fervorosísimo, cuando he aquí que al concluir la función salimos de la Iglesia. Ya estábamos en la calle Mayor, calle ancha y espaciosa; había por uno y otro lado mucha gente, y todos me saludaban. Se acercó un hombre como si me quisiera besar el anillo, pero al instante alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. Pero como yo llevaba la cabeza inclinada y con el pañuelo que tenía en la mano derecha me tapaba la boca, en lugar de cortarme el pescuezo como intentaba, me rajó la cara, o mejilla izquierda, desde frente a la oreja hasta la punta de la barba, y de escape me cogió e hirió el brazo derecho, con que me tapaba la boca.

No puedo yo explicar el placer, el gozo y alegría que sentía mi alma al ver que había logrado lo que tanto deseaba, que era derramar la sangre por el amor de Jesús y de María y poder sellar con la sangre de mis venas las verdades evangélicas.

El asesino fue cogido en el acto y fue llevado a la cárcel. Se le formó causa y el juez dio la sentencia de muerte, no obstante que yo, en las declaraciones que me había tomado, dije que le perdonaba como cristiano, como Sacerdote y como Arzobispo.

No he escapado de las malas lenguas. Unos, por despecho, porque no he querido ser instrumento de sus injustas pretensiones, otros por envidia ante el temor de perder lo que tienen, otros por malicia y no pocos, por ignorancia, solo porque han oído hablar han dicho de mí todas las picardías imaginables y me han levantado las más feas y repugnantes calumnias. Pero yo he callado, he sufrido y me he alegrado en el Señor, porque me ha brindado un sorbito del cáliz de su pasión, y a los calumniadores los he encomendado a Dios, después de haberles perdonado y amado con todo mi corazón.

Lo mismo digo del Real Monasterio de El Escorial, que no me ha dado utilidad alguna, sino disgustos y penas, acarreándome persecuciones, calumnias y gastos.

En el año 1857, estando de Misión en Santiago, recibí una Real orden para que pasara a Madrid. El día 18 de marzo recibí la real orden, y el día 22 salí de Santiago para la Habana, donde tomé el vapor correo que salía para Cádiz.

A primeros de junio llegamos a Madrid, me presenté a Su Majestad, y el día 5 me comunicó la real orden nombrándome su confesor. Al cabo de pocos días, me dijo que instruyera a la infanta Isabel en la santa religión.

Contrariado aceptó, pero poniendo condiciones de no vivir en palacio, no implicarse en política, no guardar antesalas y libertad de acción apostólica. Hizo un trabajo entregado en Palacio pero siempre extrañó su carácter misionero entregado a los más necesitados. Destronada Isabel II, la acompañó al destierro y de su lado partió, en 1870, para el Concilio Vaticano, dejando en la real familia fama de santidad.

El 18 de septiembre de 1868, la revolución era incontenible. Anunciaron el destronamiento de la Reina Isabel II y la revolución se extendió a toda España. El día 30, la familia real, con su confesor, salía exiliada. El Padre Claret tenía 60 años. En seguida quema de iglesias y asesinatos y el cumplimiento de su profecía de que la Congregación tendría su primer mártir en esta revolución. En La Selva del Camp, caía asesinado el Padre Crusats. El 30 de marzo de 1869 Claret se separaba de la Reina y se fue a Roma.

“Sentía cómo el Señor me llamaba y me concedía el poder identificarme con Él.

Le pedía que hiciese siempre su voluntad. La vivencia de la presencia de Jesús en la Eucaristía, en la celebración de la Misa o en la adoración eucarística era tan profunda que no la sabía explicar.

Sentía y siento su presencia tan viva y cercana que me resulta violento separarme del Señor para continuar mis tareas ordinarias”.

Gozó del privilegio de la conservación de las especies sacramentales de una comunión a otra durante nueve años, como lo escribió en su Autobiografía:

“El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la iglesia del Rosario de La Granja, a las siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre día y noche el sacramento en mi pecho.

Desde entonces debía estar con mucho más y recogimiento interior, por eso dijo:

“En ningún lugar me encuentro tan recogido como en medio de las muchedumbres”.

La fiesta del Corazón de María fue su gran fiesta y cada año la revestía de inusitado esplendor. Su deseo era que todas las iglesias de España tuvieran su altar dedicado al Corazón Inmaculado. Toda su vida agradeció al Corazón de María y predicaba en su nombre.

Su apostolado cordimariano coincide con las características que después ha de fijar para siempre el movimiento de la Virgen de Fátima: Rosario, meditación, penitencia y conversión de los pecadores.

En el año 1847 escribe el libro Breve Noticia de la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, seguido de una novena. Predica en Vich la Novena del Corazón Inmaculado y reparte cien mil ejemplares. En el año 1849 funda la Congregación Cordimariana en muchas ciudades a su paso por las misiones. En 1854, restablecido de la herida, agradece la curación al Corazón de María y manda rezar por nueves días para dar gracias a Dios y al Corazón de María, y antes de embarcar en La Habana predica de este Corazón Inmaculado.

En Madrid, pone bajo patronazgo del Corazón de María a sus instituciones de las Conferencias. Consigue que se establezca la Cofradía del Corazón Inmaculado por decreto de 1845. Obtiene para sus Misioneros el privilegio de rezar del Corazón de María con rito doble de primera clase, y consigue, con el favor de la reina, el decreto Regni Hispaniarum, del 26 de junio de 1862, con carácter obligatorio para todas las iglesias del reino.

La fiesta del Corazón de María fue su gran fiesta. Cada año la revestía de inusitado esplendor. Su deseo era que todas las iglesias de España tuvieran su altar dedicado al Corazón Inmaculado. Esta ha sido tarea de sus hijos, que hoy comparten todos los que viven esta tarea cordimariana inaugurada por Su Santidad Pio XII, al consagrar, en 1942, todo el mundo a ese Corazón de Madre.

El 8 de diciembre de 1869 comenzó el Concilio Vaticano I. Allí estaba el Padre Claret. Uno de los temas más debatidos fue la infalibilidad pontificia en cuestiones de fe y costumbres. La voz de Claret resonó en la basílica vaticana: “Llevo en mi cuerpo las señales de la pasión de Cristo, -dijo, aludiendo a las heridas de Holguín-; ojalá pudiera yo, confesando la infalibilidad del Papa, derramar toda mi sangre de una vez”. Es el único Padre de aquel Concilio que ha llegado a los altares.

EL FIN DE SUS DÍAS: El 23 de julio de 1870, en compañía del Padre Xifré, Superior General de la Congregación, llegaba el Arzobispo Claret a Prades, en el Pirineo francés. El día 8 recibió los últimos sacramentos e hizo la profesión religiosa como Hijo del Corazón de María. El día 24 de octubre con todos los religiosos arrodillados alrededor de su lecho, entre oraciones Antonio María Claret entregó su espíritu. Tenía 62 años. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio monacal con la inscripción de Gregorio VII: “Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”.

La fama de santidad que le había rodeado en vida se fue imponiendo, vinieron los milagros y la suprema glorificación cuando el 25 de febrero de 1934 era beatificado por Pio XI.
Sus restos fueron trasladados a Vic, donde se veneran. El 7 de mayo de 1950 el Papa Pío XII lo proclamó SANTO. “San Antonio María Claret, dijo el Papa, fue un alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. De apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia.

Siempre en la presencia de Dios, aún en medio de su prodigiosa actividad exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, brilla su devoción a la Madre de Dios”.

Entre los esplendores del triunfo, sabemos de sus propios labios tres secretos, que serán tres grandes títulos de admiración y devoción a este nuevo Santo de la Iglesia.

EUCARÍSTICO: En el día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario, en La Granja, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho; por lo mismo, yo siempre debo estar muy recogido y devoto Interiormente.

APOSTÓLICO: El Señor quiere que yo y mis compañeros imitemos a los apóstoles Santiago y San Juan en el celo, en la castidad y en el amor a Jesús y a María. El Señor me dijo a mí y a todos estos Misioneros compañeros míos: No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre y de vuestra Madre el que habla en vosotros.

CORDIMARIANO: Oración para consagrarse y ofrecer las obras al Corazón Inmaculado de María: ¡Oh Corazón santísimo de María, siempre puro e inmaculado! Yo, Antonio María Claret, os consagro mi corazón con todos sus afectos y os ofrezco todas las obras de este día y de toda mi vida, y por vuestro medio quiero tributar a la Trinidad Santísima y al Corazón adorable de vuestro Hijo el culto supremo de adoración que le tributa el vuestro, aplicando estas obras por la conversión de todos los pecadores del mundo. Amén.

Revisado y digitalizado por María Caamaño. Fuentes: libro del Padre Luis con imágenes impreso en Madrid. Fragmentos de la Autobiografía. Textos del trabajo de Jesús Martí Ballester tomado de http://www.ciberia.es/~jmarti/CLARET.htm.